La obsesión por los trends y el miedo a tener personalidad

Hace unos años, los running clubs y los estudios de pilates no eran clones visuales. Cada club tenía sus colores, su ambiente, su forma de contar lo que hacían. Hoy, “scrolleás” por Instagram y cuesta distinguir uno de otro: colores neutros, tipografías pulidas, filtros suaves y el mismo lenguaje de sensaciones “seguras”.

Visualmente seguro, culturalmente predecible.

Esa homogeneidad no apareció por azar. Los trends prometen pertenencia. Son atajos que dicen: “si te ves como yo, estás dentro”. Pero el problema aparece cuando ese “correcto” sustituye cualquier forma de pensamiento propio y cuando seguir reglas se vuelve más importante que decir algo que valga la pena.

Un ejemplo de este giro cultural se ve con claridad en el recorrido estético de Rosalía. En 2022, Motomami fue exceso, fricción y contradicción. Una estética fragmentada, corporal e incómoda. Ese mismo año, Pantone eligió Very Peri como color del año: un violeta artificial, híbrido, difícil de clasificar. No era un color amable. Era un color que hablaba de experimentación, de identidades en movimiento, de una cultura todavía dispuesta a probar y desordenarse.

Hoy, la Historia dio un giro de 180 grados.

LUX aparece desde un lugar completamente distinto. Blanco, silencio, contención, referencias a lo sacro. El cuerpo ya no se desborda, se disciplina. En paralelo, el color del año se desplaza hacia Cloud Dancer, un blanco suave, limpio, casi etéreo. Donde Very Peri proponía expansión, Cloud Dancer propone refugio. Orden. Neutralidad elevada a valor.

Más allá de un cambio estético es un síntoma cultural: nos movemos hacia una forma de híper conservadurismo visual y social, donde lo disruptivo cansa, el ruido incomoda y el exceso se percibe como amenaza. Frente a la incertidumbre, la cultura responde con control, limpieza y códigos compartidos. Todo se ve correcto. Todo se siente bajo control.

Hoy muchas marcas, diseñadores y creadores no adoptan tendencias por convicción, sino por miedo. Miedo a verse desactualizados, miedo a quedarse fuera, miedo a que elegir algo distinto se perciba como un error. Entonces replican lo que ya fue validado, aunque eso no represente nada propio.

El resultado es una paradoja: marcas y expresiones culturales que se ven actuales, impecables e intercambiables. Visualmente correctas, pero vacías de sentido y sin un pulso que las conecte con algo real. Las tendencias, en teoría, surgen cuando alguien rompe una regla. Cuando incomoda. Cuando propone algo nuevo. Pero cuando se convierten en fórmula, dejan de ser lenguaje y pasan a ser refugio visual y social. 

Tener personalidad implica riesgo. Implica aceptar que no todo el mundo va a conectar. Implica sostener una identidad incluso cuando el ruido externo empuja hacia lo seguro, lo neutral, lo predecible. El conflicto aparece cuando las tendencias reemplazan pensamiento. Cuando una marca depende únicamente de lo que “está funcionando”, renuncia a construir memoria, carácter y sentido duradero.

Las marcas con personalidad no persiguen tendencias. Las observan, las entienden y deciden si dialogan con ellas o si las transforman. Esa decisión marca la diferencia entre verse relevante por un momento o significar algo con el tiempo. El verdadero riesgo hoy no es desaparecer dentro de lo correcto.

Anterior
Anterior

Crear cuando “todo está inventado”

Siguiente
Siguiente

automatización & credibilidad creativa